Hacia el Santuario
Con la mochila aligerada, portando solo lo esencial, nos dispusimos a emprender el camino hacia el santuario. Formamos parte del grupo delantero, optando por un ritmo más pausado para absorber cada detalle del viaje. A pocos metros del campamento, nos detuvimos ante la última fuente de agua natural, una cascada modesta de no más de 5 metros de ancho. Su presencia imponía un respeto natural y requería de nuestra concentración para cruzar sin incidentes.
El trayecto que nos esperaba era, sin duda, el más desafiante: un desnivel positivo de aproximadamente 500 metros que pondría a prueba la fortaleza de nuestras piernas y pulmones. La nieve, inusualmente abundante para la temporada, nos obligaba a llevar lentes.
La última etapa de nuestro ascenso se convirtió en una clase práctica sobre la marcha, con la nieve como nuestra maestra y los consejos del guía como nuestra brújula. Aprendimos a leer la textura cambiante bajo nuestros pies, a distribuir el peso y a encontrar el ritmo que la nieve dictaba.
Los penitentes, esas torres naturales de hielo formadas por el viento y el sol, se alzaban a nuestro alrededor como una multitud silenciosa, testigos de nuestro paso. Eran esculturas efímeras, cada una única, moldeadas por las mismas fuerzas que ahora nos desafiaban. Justo antes de llegar al santuario, el mar de penitentes se abrió para revelar nuestro destino. Era un momento de triunfo, no solo sobre el terreno sino también sobre nuestras propias dudas y temores. El santuario, un refugio de paz en la inmensidad blanca, nos recibió.

