El Río Rosado
El segundo desafío de nuestra expedición se presentó en forma de una corriente serpenteante y engañosa: el Río Rosado. Uno de nuestros guías se adelantó para evaluar la posibilidad de cruzarlo a pie. Tras su inspección, la decisión fue clara: aquellos que se sintieran seguros podrían aventurarse a cruzar a pie, mientras que los demás lo harían a caballo.
Otro de los guías nos instruyó meticulosamente sobre cómo enfrentar el río, indicándonos cruzar lateralmente, utilizando los bastones como sondas para medir la profundidad y asegurar cada paso. Me tocó ser el primero en enfrentar el desafío. Con precaución, desajusté mi mochila, consciente del riesgo de una posible caída, y comencé la travesía.
El agua, fría como el hielo, se sentía como cuchillos contra la piel, llegando hasta las rodillas y a veces un poco más. A dos tercios del camino, en un momento de tensión, ambos bastones cedieron, colapsando por un mal ajuste. Uno de los guías saltó al agua y me extendió uno de sus bastones, colocándose detrás de mí como una contención contra la corriente, pero el frío penetrante, el temor a lo desconocido y un torbellino de pensamientos me hicieron reconsiderar. En un instante, decidí dar la vuelta y unirme al grupo que, prudentemente, había optado por cruzar a caballo.
Mientras montaba, no pude evitar sentir una mezcla de alivio y respeto por el poder de la naturaleza, que nos había recordado su fuerza indomable.

