Hacia el Puesto del Ceferino
La última señal de cobertura telefónica se desvaneció al abandonar el parador ‘El Chacallal’, un modesto hito sobre la Ruta 40 que marcaba el límite entre lo cotidiano y lo aventurero. Aproximadamente a las 8 de la mañana, con el sol ascendiendo y prometiendo un calor implacable, partimos hacia la zona del Refugio Soler. Nuestro vehículo, un camión 4×4 robusto y confiable, se adentró en los serpenteantes caminos de tierra, levantando tras de sí una estela de polvo que se perdía en el vasto y árido paisaje.
La primera parada fue un oasis en medio de la aridez: la Laguna del Sosneado. Sus aguas, un espejo azul, reflejaban la majestuosidad de los Andes que nos rodeaban. La laguna, tranquila y serena, era un contraste viviente al terreno desolado que habíamos transitado. Era un lugar para respirar y llenarse de la paz que solo la naturaleza intacta puede ofrecer.
La laguna, tranquila y serena, era un contraste viviente al terreno desolado que habíamos transitado.
Continuamos nuestro viaje, pasando por el Hotel Termas El Sosneado, cuyas ruinas hablaban de un pasado glorioso, de tiempos donde el lujo y la naturaleza se encontraban. Las termas, ahora silenciosas, eran guardianes de historias y secretos sumergidos en sus cálidas aguas.
Finalmente, llegamos al Puesto del Ceferino, un sencillo refugio que se erguía como un faro de humanidad en la inmensidad de la montaña. Este lugar, sencillo pero acogedor, era el preludio de lo que estaba por venir. Aquí nos esperaban con caballos que nos ayudarian a cruzar los ríos, así como con comida y agua para la marcha hacia el Barroso.

