El Santuario

Allí, entre susurros del pasado y el silencio imponente de los Andes, se alzaba el tótem, guardián de memorias y vigía eterno de las almas que partieron demasiado pronto. A su alrededor, un mosaico de ofrendas rendían tributo a aquellos que habían encontrado su último refugio en este rincón del mundo.

El primer impulso fue un abrazo colectivo, un intento de contener el torbellino de emociones que nos embargaba. Las lágrimas brotaron, no solo por el esfuerzo de la jornada, sino por la magnitud del lugar. Era como si cada piedra vibrara con la energía de las vidas que se habían entrelazado con la eternidad.

Y mientras el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo de oro y carmesí las cumbres, supimos que lo que sentíamos era algo que las palabras apenas podían rozar: la sacralidad de un lugar marcado por el amor, la pérdida y el recuerdo.

Cada uno de nosotros se tomó un momento para leer las placas conmemorativas. Las palabras grabadas en metal y piedra nos hablaban de vidas que, aunque truncadas, seguían resonando en la inmensidad de aquel valle. Las cámaras capturaron imágenes, pero era el corazón el que guardaba las verdaderas impresiones.

Formamos un círculo, en un acto de comunión con el espíritu del lugar. El silencio se extendió como un manto. Uno a uno, quienes se sintieron movidos a compartir, hablaron de sus motivaciones para emprender esta expedición. Las voces temblaban, cargadas de emoción, y en cada pausa, se sentía el peso de lo no dicho.

A medida que el tiempo pasaba, el frío comenzó a tejer su presencia entre nosotros. Nos abrigamos, preparándonos para el descenso. El regreso al campamento B se presentaba como un nuevo desafío, pero estábamos listos. La noche nos recibiría a más de 3000 metros de altura, bajo un manto de estrellas.